Detrás de una publicación puede haber un delito: salud mental, manipulación y responsabilidad penal en las redes sociales.
Por Karen Lidia Santana
Fiscal y exdefensora pública. Psicóloga clínica en formación.
Entre la percepción y la evidencia
Hay casos que obligan al Derecho y a la Psicología a dialogar desde un mismo escenario. Son situaciones en las que una persona sostiene de manera persistente que está siendo perseguida, señala públicamente a determinadas figuras, interpreta hechos cotidianos como parte de una conspiración y mantiene durante años una narrativa que deja de ser un episodio aislado para transformarse en un patrón de conducta. Cuando, además, surgen denuncias de terceros relacionadas con amenazas, chantaje u otras conductas potencialmente ilícitas, el fenómeno deja de ser una simple controversia en redes sociales y adquiere una dimensión jurídica y social que exige una mirada interdisciplinaria.
Como fiscal y estudiante de Psicología Clínica, considero que estos escenarios son especialmente reveladores porque plantean preguntas que ninguna disciplina puede responder por sí sola. ¿Estamos ante una persona que realmente es víctima de persecución? ¿Se trata de una percepción distorsionada de la realidad? ¿Existen influencias externas que alimentan determinadas creencias? ¿Actúa de forma plenamente deliberada? ¿O concurren simultáneamente varios de estos factores? La respuesta no puede construirse sobre impresiones, simpatías o prejuicios. Debe construirse sobre evidencia.
Cuando la persecución se
convierte en una narrativa permanente
La psicopatología describe fenómenos como los delirios persecutorios, caracterizados por la convicción persistente de que otras personas conspiran, vigilan o pretenden causar daño. También reconoce las ideas delirantes de grandeza, en las que el individuo puede atribuirse capacidades, importancia o roles extraordinarios. Sin embargo, existe una precisión fundamental que nunca debe perderse de vista: una conducta extraña no constituye por sí sola un diagnóstico psiquiátrico. Del mismo modo, una publicación en redes sociales no permite concluir que una persona padece un trastorno mental. El diagnóstico es una competencia exclusiva de los profesionales de la salud mental y requiere una evaluación clínica rigurosa.
Ahora bien, reconocer este límite no significa renunciar al análisis de la conducta. Cuando alguien mantiene durante años acusaciones similares contra personas con proyección pública, interpreta repetidamente distintos acontecimientos como señales de persecución y sostiene una narrativa que permanece prácticamente inalterable pese a los cambios de contexto, resulta legítimo preguntarse qué factores psicológicos, sociales o relacionales pueden estar interviniendo. La finalidad no es etiquetar. La finalidad es comprender.
El patrón importa más que el
episodio
Una de las enseñanzas más valiosas de la
investigación criminal es que los hechos aislados suelen ser insuficientes para
comprender un fenómeno. Los patrones, en cambio, revelan dinámicas,
motivaciones y relaciones que de otro modo pasarían inadvertidas.
Por eso, frente a una nueva acusación pública, la
pregunta más importante raramente es: “¿Qué publicó esta vez?” La
verdadera pregunta investigativa suele ser otra: “¿Qué ha ocurrido
históricamente cada vez que esta persona ha interactuado con individuos que
ocupan posiciones visibles o de influencia?”
La secuencia temporal de los acontecimientos, las publicaciones, los cambios de discurso, las personas involucradas, las reacciones posteriores y las denuncias formuladas integran piezas de un mismo rompecabezas. Las conductas repetidas dejan huellas. Y esas huellas pueden analizarse. La persistencia de determinados comportamientos adquiere especial relevancia cuando no se trata de un hecho aislado, sino de una forma recurrente de relacionarse con personas que ocupan determinadas posiciones sociales, económicas o institucionales. Por sí mismo, ese patrón no demuestra una enfermedad mental, una conspiración ni la existencia de un delito. Pero sí puede justificar una investigación más profunda.
La pregunta que debe cerrar toda
investigación
Los casos en los que convergen salud mental, redes
sociales, acusaciones públicas y posibles influencias de terceros representan
algunos de los desafíos más complejos de las sociedades contemporáneas. No
debemos apresurarnos a calificar de "loco" a quien muestra una
conducta inusual. Tampoco debemos asumir que toda denuncia de persecución es
necesariamente falsa. Y mucho menos debemos descartar la posibilidad de que
detrás de una conducta aparentemente individual existan dinámicas de influencia,
manipulación o aprovechamiento por parte de terceros.
Por eso resulta indispensable investigar con rigor,
observar los patrones, reconstruir las relaciones, preservar la evidencia y
analizar cómo circula la información. En ocasiones, la persona que vemos actuar
públicamente es solo la manifestación visible de una realidad mucho más
compleja.
La verdadera investigación comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué hizo una persona y empezamos a examinar qué ocurrió antes, quién estaba cerca, quién suministró la información, qué intereses confluyen y qué patrones se repiten. Pero, por encima de todas las preguntas, existe una que debe orientar cualquier investigación seria:
¿Qué puede demostrarse?
En esa respuesta descansa la diferencia entre una sospecha y una prueba, entre una percepción y un hecho, entre un diagnóstico improvisado y una evaluación profesional, entre una acusación y una verdad jurídicamente verificable. Porque cuando la evidencia ocupa el lugar de las especulaciones, la justicia deja de moverse en el terreno de las percepciones y comienza a caminar sobre hechos. Y es precisamente ahí donde termina la impunidad y comienza la responsabilidad
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