Madre… no eres paisaje. Eres historia viva escrita en cada grieta que no logra romperte. Lo ves todo. Ahora mismo. Sientes el peso de botas sobre tu piel, el fuego abriéndose paso sin permiso, la pólvora marcando territorios que nunca te pertenecen… porque tú no divides nada. Eres campo de guerra sin elegir bando. Te atraviesan fronteras invisibles, te llenan de ruido, de gritos, de ausencias que se quedan suspendidas en el aire. Y aun así… respiras. Sostienes la vida con una dignidad que no hace ruido. Mientras destruimos, reconstruyes. Mientras separamos, sigues conectándolo todo: el río con el mar, la semilla con el fruto, a nosotros … con el origen. Madre… resistes, pero también enseñas. Hoy no vengo a pedirte perdón. Vengo a despertar. Porque no basta con sentir… hay que decidir. Decidir que la paz no es solo ausencia de guerra, es presencia de conciencia. Es entender que cada río que cuidamos es un conflicto que evitamos. ...
Nací en las montañas, donde la niebla todavía susurra secretos antiguos, y bajé cantando entre piedras redondas que el tiempo pulió con paciencia. Ellas eran mi equilibrio, mi memoria, mi forma. Durante años, fluía en calma. Las piedras sostenían mis pasos invisibles. Me ayudaban a respirar lento, a no lastimar la tierra que me abrazaba. Pero un día… empezaron a desaparecer. Al principio fue un silencio leve. Un espacio vacío donde antes había resistencia. Luego otro. Y otro más. —¿Quién se llevó mis piedras? —pregunté, sin voz, pero con corriente. Las manos humanas llegaron con prisa. Me abrieron el cuerpo, extrajeron mis huesos redondos, los cargaron en camiones como si fueran simples objetos… sin saber que eran parte de mi equilibrio. ¿Qué hacían con ellas? ¿Dónde están? No entendieron que yo no soy agua solamente. Soy estructura. Soy sistema. Soy vida en movimiento. Mis piedras no eran adornos: eran freno, eran refugio, eran dirección. Sin el...