Por Karen Lidia Santana
Hay
personas a quienes la vida les ha dado mucho y que, aun así, encuentran difícil
contemplar una bendición ajena sin sentir la necesidad de intervenir en ella.
Necesitan explicarla, dirigirla, asociarse a su éxito o dejar alguna huella que
también lleve su nombre.
No siempre es malicia. Muchas veces es algo más
difícil de reconocer: la incapacidad de aceptar que no todo lo bueno que
ocurre a nuestro alrededor nos pertenece.
Podemos presenciar una gran idea sin haber sido
quienes la imaginaron. Podemos acompañar una historia sin convertirnos en
protagonistas de ella. Y ahí aparece una de las pruebas más auténticas de
madurez: reconocer lo que es nuestro y respetar lo que no lo es.
Podemos incluso tener
influencia, experiencia o poder y entender que habrá momentos en los que
nuestra mejor participación será simplemente permitir que otro reciba aquello
que le corresponde.
Existe una forma de egoísmo que rara vez se
presenta como egoísmo. No intenta destruir ni quitar. Solo necesita estar
presente en todo lo importante. Ser mencionado. Ser tomado en cuenta. Tener
alguna participación que le permita sentirse parte del resultado.
Con el tiempo, esa necesidad produce una distorsión
peligrosa: personas que ya tienen reconocimiento comienzan a disputar espacios
que otros apenas están construyendo. No porque les hagan falta, sino porque han
llegado a confundir su valor con su protagonismo.
Pero una identidad sana funciona de otra manera. Cuando
una persona sabe quién es, deja de competir por cada crédito, cada espacio y
cada aplauso.
Comprende algo que muchos tardan años en aprender: el
mérito ajeno no disminuye el propio. Hay momentos que pertenecen a otros
Hay ideas que tienen dueño. Hay esfuerzos que tienen rostro. Hay victorias que
tienen nombre. Y reconocerlo no nos resta importancia. Nos hace justos.
Quizás una de las expresiones más sinceras de humildad sea esta:
“Gracias Dios, por lo que has puesto en la vida de
esa persona.” Porque
decirlo de verdad implica aceptar que no todos los éxitos llevarán nuestro nombre. Que no todas las
historias nos incluirán. Y aun así, alegrarnos.
Tal vez crecer consista justamente en aprender a
dejar las cosas donde pertenecen: el logro en quien lo alcanzó, la idea en
quien la ideó, el reconocimiento en quien lo merece.
Sin añadir nuestra firma. Sin reclamar una parte. Sin
convertir el mérito ajeno en una extensión de nuestro ego. Hay mucha fuerza en
poder decir: “Esto es bueno, aunque no sea mío.”
La verdadera abundancia no consiste en estar
presentes en todos los espacios.
Consiste en no necesitar estarlo. En celebrar sin
competir. En ayudar sin cobrar protagonismo. En reconocer sin apropiarse.
Porque el mundo no pierde nada cuando otro brilla. La inseguridad nos hace creer que la luz ajena nos resta. La madurez nos enseña que cada persona que encuentra su lugar hace más grande el espacio para todos.
Por eso una de las formas más profundas de libertad
consiste en vivir con la tranquilidad de decir:
Gracias por
lo mío.
Bendigo lo tuyo.
Y no necesito apropiarme de nada para saber quién soy.
Porque no todo lo bueno que existe a nuestro
alrededor tiene que llevar nuestro nombre.
Y entenderlo es una de las formas más claras de
sabiduría.

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