¿Quién se llevó mis piedras?

 


Nací en las montañas, donde la niebla todavía susurra secretos antiguos, y bajé cantando entre piedras redondas que el tiempo pulió con paciencia.

Ellas eran mi equilibrio, mi memoria, mi forma.

Durante años, fluía en calma.
Las piedras sostenían mis pasos invisibles.
Me ayudaban a respirar lento, a no lastimar la tierra que me abrazaba.

Pero un día… empezaron a desaparecer.

Al principio fue un silencio leve.
Un espacio vacío donde antes había resistencia.
Luego otro.
Y otro más.

—¿Quién se llevó mis piedras? —pregunté, sin voz, pero con corriente.

Las manos humanas llegaron con prisa.
Me abrieron el cuerpo, extrajeron mis huesos redondos,
los cargaron en camiones como si fueran simples objetos…
sin saber que eran parte de mi equilibrio.

¿Qué hacían con ellas? ¿Dónde están?

No entendieron que yo no soy agua solamente.
Soy estructura.
Soy sistema.
Soy vida en movimiento.

Mis piedras no eran adornos:
eran freno, eran refugio, eran dirección.

Sin ellas… comencé a cambiar.

Mi fondo se volvió más profundo.
Mis aguas, más rápidas.
Mis orillas, más débiles.

La dinámica fluvial empezó a romperse,
y yo… dejé de reconocerme.

 Luego vinieron las lluvias.

Cayeron intensas sobre las montañas,
alimentaron mis venas con una fuerza que antes sabía contener.

Pero esta vez… no pude.

Busqué mis piedras.
Las llamé en cada curva.
Las necesité en cada descenso.

No estaban.

Entonces corrí a buscarlas.

Corrí más rápido de lo que debía.
Me desbordé de mí mismo.

Entré en cañadas,
rompí canales,
crucé calles que nunca fueron mías.

Llegué a Villa Montellano sin pedir permiso,
no por ira… sino por pérdida.

Las casas me miraron con miedo.
Las puertas no entendieron mi urgencia.
Las familias sintieron mi peso.

Yo no quería herir.
Pero ya no podía detenerme.

Porque sin piedras,
no tenía cómo sostenerme.

 Esa noche, todos preguntaron:

—¿Por qué el río hizo esto?

Y yo, en silencio, respondí:

No fui yo…
fue mi ausencia.

 Hoy vuelvo a fluir más lento.

Cansado.
Observando.

Aún busco mis piedras.

Porque cuando me las devuelvan,
podré volver a ser quien era:
un camino de vida, no de miedo.

 Escúchame bien:

Cuidar un río no es solo proteger el agua.
Es respetar todo lo que lo sostiene.

Cada piedra que se extrae, grava, arena
es un equilibrio que se rompe.

Cada intervención sin conciencia,
es un riesgo que crece en silencio.

 Si algún día me escuchas de nuevo preguntar:

—¿Quién se llevó mis piedras?

No respondas con palabras.
Respóndeme con acciones

No me quiten lo que me hace río.

Quiero manifestarme como naturalmente he sido:
Vida.
Calma.
Hogar.

 

Comentarios