Transformar la cultura toma tiempo: el verdadero desafío de la Policía Nacional

 La Policía Nacional dominicana atraviesa uno de los procesos de transformación institucional más importantes de su historia. Durante los últimos años se han impulsado reformas orientadas a fortalecer la profesionalización de sus agentes, modernizar sus estructuras y recuperar la confianza de la ciudadanía. Ese esfuerzo merece ser reconocido. Transformar una institución con miles de hombres y mujeres no es una tarea sencilla, ni ocurre de la noche a la mañana.  Sin embargo, toda transformación auténtica tiene una característica: nunca termina. Siempre existe un siguiente paso.

A lo largo de mi ejercicio profesional he tenido el privilegio de trabajar junto a numerosos miembros de la Policía Nacional. He conocido oficiales de extraordinaria calidad humana, mujeres y hombres íntegros, respetuosos, valientes y profundamente comprometidos con su vocación de servicio. Estoy convencida de que esa entrega representa a la inmensa mayoría de quienes integran la institución.

Precisamente por respeto a ellos, y porque creo en el futuro de la Policía Nacional, considero que el proceso de transformación debe continuar, profundizando aquellos aspectos que convierten a un buen agente en un verdadero servidor público.

Porque la profesionalización policial no puede medirse únicamente por la incorporación de nuevas patrullas, mejores equipos, tecnología o reformas legales. El verdadero cambio ocurre cuando cambia la cultura institucional; cuando cada agente comprende que el ciudadano no es su adversario, sino la razón de ser de su misión.

Hoy, más que nunca, la profesionalización de la Policía debe enfocarse en la formación del carácter, el desarrollo de la inteligencia emocional, la capacidad de análisis y el respeto irrestricto por la dignidad humana.

El filósofo Aristóteles afirmaba que las virtudes no nacen por accidente; se forman mediante el hábito. Nadie se convierte en una persona justa únicamente porque ocupa un cargo. El carácter se construye día tras día, aprendiendo a dominar las emociones, actuar con prudencia y comprender que todo poder solo encuentra sentido cuando se pone al servicio del bien común.

Y pocas profesiones concentran tanto poder como la función policial.

Un agente puede limitar la libertad de una persona, intervenir en situaciones de extrema tensión y, en circunstancias excepcionales previstas por la ley, emplear la fuerza. Precisamente por ello, la sociedad no necesita únicamente policías preparados para enfrentar el delito. Necesita policías capaces de ejercer esa autoridad con equilibrio, criterio y humanidad.

La verdadera autoridad nunca se demuestra levantando la voz ni imponiendo el miedo. Se demuestra manteniendo la calma cuando otros la han perdido, escuchando antes de reaccionar y tomando decisiones objetivas incluso en los momentos de mayor presión.

No podemos ignorar otra realidad. Ser policía significa convivir diariamente con el estrés, la violencia, la incertidumbre, las pérdidas humanas y el peligro permanente. Cualquier persona expuesta durante años a ese nivel de tensión puede ver afectado su equilibrio emocional.

Por eso, la formación policial del siglo XXI ya no puede limitarse al entrenamiento físico, táctico y jurídico. Debe incorporar, con la misma importancia, el desarrollo de competencias socioemocionales como la inteligencia emocional, el manejo del estrés, la comunicación efectiva, la negociación, la resolución alternativa de conflictos, el control de impulsos, la empatía y la toma de decisiones bajo presión.

Pero existe otro aspecto que, a mi juicio, merece convertirse en una prioridad institucional: la protección de la salud mental de quienes nos protegen.

Las evaluaciones psicológicas y psiquiátricas periódicas no deberían verse como mecanismos de vigilancia ni de desconfianza hacia los agentes. Deben entenderse como herramientas preventivas, de acompañamiento y fortalecimiento profesional. Así como un policía recibe entrenamiento constante para mantener sus capacidades físicas, también necesita cuidar aquello con lo que toma cada decisión: su mente.

En este esfuerzo, los departamentos de Recursos Humanos tienen un papel estratégico. Su función no debería limitarse a procesos administrativos. Deben convertirse en verdaderos sistemas de acompañamiento humano, capaces de identificar oportunamente señales de agotamiento emocional, estrés crónico, cambios conductuales o cualquier condición que aconseje una evaluación especializada y un apoyo profesional temprano.

No se trata de señalar debilidades. Se trata de prevenir errores. Porque un agente emocionalmente equilibrado escucha mejor, analiza mejor, controla mejor sus impulsos y utiliza la fuerza únicamente cuando resulta estrictamente necesaria. Eso lo protege, y  como consecuencia directa , protege a la ciudadanía.

Otro desafío igualmente importante consiste en fortalecer la capacidad de análisis durante las intervenciones policiales. La experiencia no consiste en sospechar de todo el mundo; consiste en aprender a identificar correctamente aquello que realmente representa una amenaza.

Una Policía moderna debe formar agentes capaces de distinguir entre conductas objetivamente sospechosas y simples estereotipos. La apariencia física, la forma de vestir, los tatuajes, el lugar donde vive una persona o su condición social jamás deberían sustituir el análisis profesional del comportamiento. Las decisiones basadas en prejuicios generan errores; las decisiones basadas en evidencia fortalecen la legitimidad institucional.

El filósofo Immanuel Kant sostenía que todo ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca únicamente como un medio. Ese principio sigue siendo uno de los pilares fundamentales de los derechos humanos. Incluso quien ha infringido la ley conserva intacta su dignidad como persona.

Por su parte, Max Weber recordaba que el Estado posee el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Pero esa legitimidad no depende únicamente de la ley que autoriza actuar; depende también de la forma en que esa fuerza se ejerce. Cuando deja de ser necesaria, proporcional o respetuosa de la dignidad humana, comienza a deteriorar la confianza de la sociedad en sus instituciones.

Y esa confianza constituye el activo más valioso de cualquier cuerpo policial. La ciudadanía no necesita sentir miedo cuando observa acercarse una patrulla. Necesita sentir tranquilidad.

Necesita saber que quien desciende de ese vehículo no solo domina los procedimientos policiales, sino que posee el equilibrio emocional, la madurez y los valores necesarios para ejercer la autoridad con justicia.

Humanizar la función policial no significa debilitar la institución. Significa fortalecerla desde su esencia. Significa construir una Policía más respetada porque actúa con objetividad; más cercana porque sabe escuchar; más profesional porque decide con criterio; y más fuerte porque comprende que el respeto genera una autoridad mucho más duradera que el temor.

Estoy convencida de que la transformación iniciada por la Policía Nacional representa una oportunidad histórica para consolidar ese modelo de institución que todos anhelamos. Una Policía que continúe modernizándose, pero que, al mismo tiempo, invierta decididamente en el desarrollo humano de sus integrantes. Una Policía donde la excelencia operativa camine de la mano con la excelencia ética.

Quizá esa sea la reforma más trascendental de todas. Porque las patrullas se renuevan. Los equipos se reemplazan. Las leyes se modifican. Pero una cultura institucional basada en el respeto, el carácter, la inteligencia emocional y la dignidad humana tiene el poder de transformar generaciones enteras de servidores públicos.

Al final, un uniforme por sí solo no convierte a alguien en policía, solo los valores, el equilibrio emocional y una profunda vocación de servicio pueden convertirlo en el policía que toda sociedad merece.

 

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