Madre… no eres paisaje. Eres historia viva escrita en cada grieta que no logra romperte. Lo ves todo. Ahora mismo. Sientes el peso de botas sobre tu piel, el fuego abriéndose paso sin permiso, la pólvora marcando territorios que nunca te pertenecen… porque tú no divides nada. Eres campo de guerra sin elegir bando. Te atraviesan fronteras invisibles, te llenan de ruido, de gritos, de ausencias que se quedan suspendidas en el aire. Y aun así… respiras. Sostienes la vida con una dignidad que no hace ruido. Mientras destruimos, reconstruyes. Mientras separamos, sigues conectándolo todo: el río con el mar, la semilla con el fruto, a nosotros … con el origen. Madre… resistes, pero también enseñas. Hoy no vengo a pedirte perdón. Vengo a despertar. Porque no basta con sentir… hay que decidir. Decidir que la paz no es solo ausencia de guerra, es presencia de conciencia. Es entender que cada río que cuidamos es un conflicto que evitamos. ...