Madre…
no eres paisaje.
Eres historia viva
escrita en cada grieta que no logra romperte.
Lo ves todo.
Ahora mismo.
Sientes el peso de botas sobre tu piel,
el fuego abriéndose paso sin permiso,
la pólvora marcando territorios
que nunca te pertenecen…
porque tú no divides nada.
Eres campo de guerra
sin elegir bando.
Te atraviesan fronteras invisibles,
te llenan de ruido,
de gritos,
de ausencias que se quedan suspendidas en el aire.
Y aun así…
respiras.
Sostienes la vida
con una dignidad que no hace ruido.
Mientras destruimos,
reconstruyes.
Mientras separamos,
sigues conectándolo todo:
el río con el mar,
la semilla con el fruto,
a nosotros … con el origen.
Madre…
resistes,
pero también enseñas.
Hoy no vengo a pedirte perdón.
Vengo a despertar.
Porque no basta con sentir…
hay que decidir.
Decidir que la paz
no es solo ausencia de guerra,
es presencia de conciencia.
Es entender que cada río que cuidamos
es un conflicto que evitamos.
Que cada bosque que protegemos
es una generación que respira mejor.
Que cada vida que respetamos
—humana o no—
es un acto real de justicia.
La guerra no solo destruye ciudades…
también rompe suelos, contamina aguas,
silencia especies, desplaza vida.
Y la paz…
la paz también se construye aquí:
en cómo caminamos la tierra,
en cómo usamos lo que tomamos,
en cómo devolvemos lo que recibimos.
Madre…
crecemos, si elegimos hacerlo.
Creamos nuevos acuerdos invisibles,
criterios colectivos
donde el amor no es discurso…
es práctica.
Donde cuidar no es opcional,
es natural.
Donde entendemos, ahora,
que protegerte
es protegernos.
Porque tú no necesitas salvarte…
sigues aquí.
Somos nosotros
quienes aprendemos—o no—
a vivir contigo.
Y quizás…
si lo hacemos bien esta vez,
dejas de ser testigo de nuestras guerras,
y te conviertes
en raíz de nuestra paz.
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