El desarrollo de carrera no ocurre por azar, es el resultado de una combinación de competencias, desempeño, mérito y el apoyo de quienes tienen influencia institucional. Estos elementos, en conjunto, abren caminos que elevan tanto al individuo como a la organización al logro de sus objetivos comunes.
El primer pilar, las Competencias, son la base sobre la que crece la excelencia.
Los conocimientos, habilidades y actitudes que
permiten desempeñar tareas de forma efectiva y con propósito, competencias, en el
sector público —brecho en el que muchos de nosotros nos desempeñamos—van más
allá de lo técnico: requieren compromiso con los valores institucionales y
sensibilidad social.
Su desarrollo constante fortalece la calidad y la
pertinencia de nuestro trabajo, preparándonos para enfrentar nuevos desafíos
con confianza y responsabilidad.
En tanto, el desempeño, segundo pilar, es el reflejo visible de nuestro compromiso.
Cuando este es evaluado de forma justa y regular, es una palanca imparcial para
el crecimiento profesional. Así, el desempeño se convierte en una fuerza
transformadora, que impulsa trayectorias profesionales bien cimentadas.
El Mérito, como tercer pilar, es el reconocimiento tangible del esfuerzo y
la capacidad. En las estructuras públicas, el meritaje —es decir, la promoción
basada en el reconocimiento real del trabajo, la preparación y los resultados—
es fundamental para sostener la legitimidad institucional. Cuando esta promoción
se aplica con transparencia, equidad y criterios claros, no solo se fortalece
la confianza en la institución, sino que también se incentiva la excelencia y el compromiso entre los colaboradores.
El cuarto pilar es el apoyo institucional. No todo depende del esfuerzo individual. El apoyo
de personas con poder o experiencia dentro de la institución —ya sea mediante
mentoría, orientación o respaldo para proyectos— puede abrir puertas y
facilitar oportunidades que, de otro modo, podrían permanecer cerradas
Además, los recursos laborales —como
retroalimentación, acceso a formación y un clima positivo— potencian el
compromiso y la motivación de los empleados, aunque las demandas laborales sean
altas. En ese sentido, el
apoyo no es favorecimiento injusto, sino una herramienta para nivelar el
terreno y permitir que el mérito y las competencias de cada quien brillen.
Dicho lo anterior, está claro que este camino no es solitario. Si bien es nuestra responsabilidad cultivar competencias, demostrar un desempeño constante y validar nuestro mérito, también es cierto que la institución y sus líderes tienen un rol crucial, considerando siempre los talentos únicos de cada individuo para colocarlos en aquellos espacios donde puedan aportar valor y a la vez puedan impulsar sus carreras.
Quienes aspiramos avanzar debemos ser proactivos, conscientes de nuestras fortalezas y áreas de mejora, abiertos al aprendizaje y firmes en nuestros valores. Quienes pueden apoyar, siendo líderes o figuras de referencia, tienen el deber institucional y humano de acercar, acompañar y promover, para que el talento se desarrolle y sirva mejor al bien común.
Una gran estrategia de gestión para que las instituciones sean de apoyo real en el desarrollo de la carrera de sus talentos es la incorporación de Planes de Desarrollo Individual (PDI), mismos que ayudan a que cada profesional reconozca sus fortalezas, identifique áreas de mejora y progrese.
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